Relato uno

Escrito por lanovenapasajera 07-01-2018 en chiste. Comentarios (0)

Juan se despertó a las siete de la mañana, como siempre, lo hizo sin necesidad de utilizar el despertador. Se levantó de la cama de un salto y antes de las siete y cinco ya estaba en la ducha. Estaba de muy buen humor hasta que se dio cuenta de que la ducha volvía a estar atascada. Se vistió y salió a la calle sin perder un momento en mirarse al espejo.

Camino al trabajo, el poco buen humor que le quedaba comenzó a desaparecer con cada mirada de repulsión que le lanzaban los vecinos que se encontraba a su paso y cuando llegó a la oficina cochambrosa donde trabajaba ya había desaparecido por completo.

Al menos se consolaba con la idea de que no se encontraría con nadie en las próximas ocho horas.

Era vigilante de seguridad en una fábrica semiabandonada a la que no acudían ni las ratas. Su trabajo consistía en evitar que nadie se acercara a los restos supuestamente descontaminados de la antigua maquinaria. No sabía cuál había sido el propósito de la fábrica, aunque tampoco le quitaba el sueño. Durante su jornada laboral solo se ocupaba de entretenerse como fuera durante tantas horas muertas; la fábrica se encontraba en medio de la nada y no aparecía en ningún mapa, así que la probabilidad de que alguien se acercara a menos de cien metros era nula.

Todos los días Juan repetía la misma rutina, solo interrumpida en los últimos días por los trabajos de fontanería improvisada exigidos por el desagüe de la ducha que se atascaba día sí, día también.

Desde niño, Juan había sido un chiquillo muy introvertido, nunca había tenido amigos y tras la muerte de sus padres, se quedó completamente solo. Cuando consiguió este trabajo, esta sensación de soledad se acrecentó. La nomina le llegaba de forma automática por transferencia y gracias a los avances de la informática, compraba todo lo que necesitaba por internet. Ni siquiera tenía que ver a los mensajeros, su portero se encargaba de recoger los pedidos y dejárselos en su casa mientras él estaba en el trabajo. Por eso no era de extrañar que pasaran los días sin escuchar siquiera su propia voz.

Los días pasaban convirtiéndose en semanas y Juan retiraba cada vez más pelos del desagüe, cosechaba más miradas de miedo mezclado con asco y la soledad de su fábrica era más pesada.

Una mañana, contra todo pronóstico, el despertador sonó a las siete y cuarto y Juan seguía en la cama. Tenía un regusto a hierro en la boca y notaba lo que parecía sangre seca en la barbilla. Le costaba horrores abrir los ojos y escuchaba un eco lejano de voces y pasos a su alrededor.

―Está claro, el proceso de descontaminación de la maquinaria está incompleto.

―No sé cómo vamos a explicar otro caso de mutación. Este no tiene familia, pero se zampó a unos cuantos anoche.

―No entiendo cómo se nos ha escapado, mirad qué cara, cuánto pelo. El próximo segurata que busquemos debería tener conocidos que den la voz de alarma cuando le salgan colmillos.

―Venga, al tajo, que como hoy con los suegros.

Juan notó un leve pinchazo en el hombro derecho y todo se volvió negro. Se despertó aterrorizado en una cama de hospital, tenía cables por todos lados, los brazos llenos de tubos y varios monitores vigilaban sus constantes vitales; la única diferencia con un hospital de verdad era que el médico le observaba tras unos barrotes y dos hombres armados le vigilaban desde los pies de la cama.

Juan intentó hablar, pero de su garganta solo salió un rugido. Leve, casi cómico. Respiró profundamente y haciendo un esfuerzo sobrehumano consiguió calmarse. Al fin consiguió hablar y formular una tímida pregunta:

―Doctor, ¿qué padezco?

―Pues padece usted un “ocito”.

A las espaldas del médico sonó una estruendosa carcajada.

―Muy buena, Carlos, qué huevos tienes.

―Sí, nunca me canso de este chiste.

Juan escuchó cómo se alejaban las risas y se activaba un cerrojo de seguridad. Los dos hombres armados no se inmutaron ante sus ruegos.

―Al menos ―pensó―ya no estoy solo.